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domingo, 10 de febrero de 2019

Reg Thorpe

ESCRITORES y LIBROS:
En “El Nombre de la Rosa”, de Umberto Eco, Adso de Melk dice que a veces los libros hablan de otros libros, que es como si hablaran entre sí. Stephen King habla mucho sobre escritores, que es como si hablara de sí mismo y consigo mismo, y de los libros de esos escritores, que se entrelazan con los suyos. De esas historias imaginadas por autores imaginados, sólo conocemos ideas, temas, fragmentos. Y aquí están.
Antonio Burns Red Diseño
La segunda colección de relatos de Stephen King, “Skeleton Crew” (1985) contiene doce cuentos en su edición en inglés. En español se ha publicado incompleta en dos libros de cuatro cuentos cada uno: “La niebla” y “La expedición”, que son los títulos del primer cuento que incluye cada uno. En el segundo de estos libros, el último relato es “La balada del proyectil flexible”.
Éste es tanto el título del relato de King como el de una historia escrita por Reg Thorpe, alrededor del cual gira la conversación en una cena, entre un joven escritor, su esposa, su agente literario, la esposa de éste y Henry Wilson, el viejo redactor de una revista que vivió una extraña amistad con Thorpe. 
Reginald Thorpe era un genial escritor, también joven, que había publicado su primera novela, “Imágenes del submundo” con un éxito increíble. Su segunda historia, “La balada del proyectil flexible”, habla de la locura. Y Thorpe conocía la locura en carne propia. 
“Nunca había leído nada parecido con anterioridad —dice Henry—, ni ha llegado a mis manos nada igual desde entonces. Se podía comparar con algunos de los cuentos de Scott Fitzgerald… o con Gatsby. El protagonista enloquecía de una manera muy interesante. Te hacía sonreír durante toda la acción, pero había fragmentos en los que no te quedaba más remedio que reír abiertamente, a carcajadas. Por ejemplo, cuando el héroe le tira la mermelada por la cabeza a la chica. Ése es uno de los mejores pasajes, en mi opinión. Aunque eran carcajadas de doble filo. Te ríes y luego miras por encima del hombro a ver quién te ha oído. Las líneas de tensión opuestas en la composición, eran realmente muy interesantes. Cuanto más reías, más nervioso te ponías. Y cuanto más nervioso te ponías, más reías… hasta el punto en que el protagonista se va de la fiesta que dan en su honor y mata a su mujer y a su hija.”
Y eso es todo lo que hay. Es casi cruel, tirar la piedra y esconder la mano, comer el pan delante de los pobres. Probablemente sea la historia más imposible de recrear de las de los “escritores de King”, dada su teórica perfección. Además, en el mismo cuento de Stephen King es una historia perdida para siempre. Dado que Reg Thorpe acabó suicidándose, tal vez haya sido lo mejor. Pero eso no es compensación válida para los que nos quedamos con gusto a poco en la boca.

jueves, 7 de febrero de 2019

Samuel D. Landry

ESCRITORES y LIBROS:
En “El Nombre de la Rosa”, de Umberto Eco, Adso de Melk dice que a veces los libros hablan de otros libros, que es como si hablaran entre sí. Stephen King habla mucho sobre escritores, que es como si hablara de sí mismo y consigo mismo, y de los libros de esos escritores, que se entrelazan con los suyos. De esas historias imaginadas por autores imaginados, sólo conocemos ideas, temas, fragmentos. Y aquí están.
Shane McCormack
Sam Landry pasa desapercibido entre los demás “escritores de King” porque es a la vez autor y protagonista de la única historia suya que conocemos: “El último caso de Umney”, publicada en el tercer libro de relatos de Stephen King, “Pesadillas y Alucinaciones” (1993). El Umney en cuestión es Clyde Umney, un detective privado de poca monta de finales de la década del '30, que descubre que su vida no es tan simple como pensaba.
Es imposible decir más sin contar la historia, cosa que no pienso hacer. Vale la pena leerla. El estilo es el de Raymond Chandler y Ross McDonald, pero el tema y el ritmo son de Stephen King.
Antes de “El último caso de Umney”, Landry escribió una serie de relatos protagonizados por Umney; el primero fue “Ciudad Escarlata”, en 1977, y el penúltimo “Como un ángel caído”, en 1993. Y entonces decidió que era hora del último caso. Y gracias a eso lo conocimos. 

El primer párrafo de ambos cuentos (el de King y el de Landry), dice:
“Era una de esas mañanas tan perfectas de Los Ángeles en que uno siempre esperaba encontrarse el símbolo de marca registrada pegado en alguna parte. Los gases de los vehículos olían levemente a adelia, las adelias llevaban un leve perfume de gases de vehículo, y el cielo aparecía tan claro y limpio como la conciencia de un baptista de pura cepa. Peoría Smith, el vendedor de periódicos ciego, se hallaba en su lugar acostumbrado, en la esquina de Sunset y Laurel, y si aquello no significaba que Dios estaba en el cielo y todo iba sobre ruedas, entonces no sé qué otra cosa podría ser.”
Sin embargo... el dios de Umney no estaba en el cielo, y todo no iba sobre ruedas. La última frase del cuento que escribe Landry es:
“Así pues, salí de la ciudad y por lo que respecta al lugar al que fui... Bien, señor, creo que eso es asunto mío, ¿no le parece?”

Pero no es la última frase del cuento de King, y tanto a Landry como a Umney les queda mucho por aprender, y no todo lo que aprendan será placentero.
Algo más antes de dejar a Samuel: no es un gran escritor, no es muy ético a la hora de reunir ideas y no es una persona generosa. Y su próxima historia quizás lo tendrá como protagonista y vendrá de la pluma de Umney.

Una última curiosidad: en “Pesadillas y Alucinaciones” se incluyen dos cuentos más de estilo similar, “El Quinto Fragmento” y “Mi Bonito Pony”. Sin embargo, más que con Samuel Landry, estas historias tienen una relación estrecha con George Stark, el álter ego de Thad Beaumont, y con Richard Bachman, el no tan difunto pseudónimo de Stephen King.

martes, 22 de enero de 2019

Thad Beaumont

ESCRITORES y LIBROS:
En “El Nombre de la Rosa”, de Umberto Eco, Adso de Melk dice que a veces los libros hablan de otros libros, que es como si hablaran entre sí. Stephen King habla mucho sobre escritores, que es como si hablara de sí mismo y consigo mismo, y de los libros de esos escritores, que se entrelazan con los suyos. De esas historias imaginadas por autores imaginados, sólo conocemos ideas, temas, fragmentos. Y aquí están.
Timothy Hutton como Thad Beaumont
Thad es uno de los más conocidos “escritores de King”. Thad y George, por supuesto, pero de George hablaremos más adelante… so pena de sufrir las consecuencias. A George no le gusta ser olvidado. Y es difícil de olvidar.
“La mitad siniestra” (1989) es su historia. Thad es el lado blanco de ese extraño Yin-Yang generado por una superposición de causas naturales y paranormales. También es uno de los pocos de los cuales Stephen King consigna parte de su producción (una parte pequeña, no tanta como la de George, pero es que George es el mejor).
Thaddeus Beaumont nació en 1949 en el sector Ridgeway de Bengerfield, New Jersey. Fue el único hijo del matrimonio de Shayla y Glen Beaumont. Bueno, casi el único.
En enero de 1960, a los once años de edad, la revista American Teen le otorgó una mención honorífica en la categoría ficción por su cuento “Fuera de la casa de Marty”, que hubiera obtenido el segundo premio si Thad hubiese tenido un par de años más y alcanzado la categoría de “adolescente”. Stephen King no incluye nada de este cuento en el libro, pero en la película homónima el director, el maestro George A. Romero, incluye una pequeña fracción de otra de sus historias. Mientras Thad escribe, Elvis canta “¿Estás sola esta noche?” y los gorriones susurran en el fondo.
“… La señorita Bird dijo, vivazmente…”, escribe Thad, se quiebra la punta de su lápiz Berol Black Beauty y él se masajea las sienes. El murmullo de los gorriones sube de tono. Thad corre a la cama, sujetándose la cabeza. Los gorriones alzan el vuelo.
Dos escenas más adelante descubrimos, cuando su madre mira la primera y segunda hojas mecanografiadas, que la frase pertenece a una historia llamada, “Aquí Hay Tigres” (“Here There Be Tigers”). Pausando (con lo difícil que resultaba en los VCR de los ’90…) se puede leer:

“Charles necesitaba angustiosamente ir al lavabo. Ya era inútil engañarse diciendo que podía esperar al recreo. Su vejiga protestaba desesperadamente, y Miss Bird le había descubierto retorciéndose.
[…]
Cathy Scott, que tenía el pupitre delante de él, se rió pero cubriéndose prudentemente la boca con la mano.
Kenny Griffen hizo una mueca y dio una patada a Charles por debajo del pupitre. Charles se ruborizó.
—Di algo, Charles —insistió Miss Bird, vivamente—. Necesitas ir...
—Sí, Miss Bird.
—¿Sí qué?
—Que tengo que ir al só..., al baño.”

El texto está transcripto literalmente del cuento de Stephen King “Here There Be Tygers”, publicado originalmente en 1968 en la revista Ubris y recopilado con otros de sus cuentos en “Skeleton Crew” en 1985. King no es solamente un autor: es también TODOS sus autores.
Este cuento es una elección perfecta por varios motivos. Bird significa “pájaro”, por supuesto, la obsesión constante, los gorriones han comenzado a volar. Y esa palabra fascinante, poco común, en inglés “brightly”, vivazmente, dibuja al pequeño Thad muy bien, un niño culto contra toda expectativa, de vocabulario amplio, un chico vivaz y brillante. Además, “Aquí Hay Tigres” cuenta la historia de un niño que encuentra que la realidad tiene más vericuetos de lo que creía… como está a punto de descubrir el mismo Thad.
Estas escenas, además, cumplen la difícil función de enlazar lo que le es tan sencillo expresar a Stephen King en su prosa: su iniciación literaria no fue lo único que le pasó a Thad Beaumont en el '60. En agosto comenzaron los dolores de cabeza, el sonido y la imagen de miles de gorriones. Cuatro días antes de Hallowen tuvo una convulsión antes de subir al autobús de la escuela. Era un tumor, claro. King es uno de los pocos que se atreve a poner tumores en las tiernas cabecitas de niños inocentes. Aunque, obviamente, no podía poner un tumor cualquiera. Puso a George. Pero de George, como dije, hablaremos más adelante. Paciencia.
El tumor fue extirpado y los pájaros desaparecieron… por un tiempo al menos. Thad creció, se graduó, se casó con Elizabeth Stephens (Liz), y tuvieron a los gemelos Wendy y William. Y siguió escribiendo. No escribió mucho, sin embargo, aunque el creyó que lo estaba haciendo. En realidad, Thad sólo escribió y publicó dos novelas:
La primera fue “Los bailarines espontáneos” (elijo la segunda versión del nombre, puesto que la traducción de María Elisa Moreno Canalejas, para Grijalbo, dice a veces también “Los bailarines repentinos”, no sé si por indecisión o descuido, y me gusta menos). Por esta novela fue aclamado como el novelista más prometedor de los Estados Unidos y nominado en 1972 para el Premio Nacional del Libro.
En la película de Romero, podemos dar un vistazo a una de sus páginas mecanografiadas en la vieja Underwood de Thad, que se encuentra en proceso de corrección… y que ha sufrido la intrusión de los gorriones mentales para vandalizarla.

“… ¿Aún tenía Evelyn tanta presencia sobre él, que algo así podía cobrarse tal precio? Pensó de nuevo en el beso que no estaba ahí, una leve sugestión dejada en libertad.
Pero todo lo que venía a su mente era Mary Lou bailando. Él con frecuencia la observaba bailar sola. A diferencia de otros, ella no bailaba frente a un espejo. Henry cantaba en la ducha, pero lo hacía suavemente. A veces él sentía que ella sabía que la estaba mirando bailar sola. Parecía que estaba brindando un espectáculo para él, pero en su interior él sentía que esto no podía ser.
Los sueños eran tan frágiles como las bailarinas de papel de Evelyn, armadas con cuidado y devoción, también ellas pronto serían abandonadas en un pórtico en ruinas para ser barridas por un soplo de viento. Tal vez esa es su esencia, ese polvo sedoso…”

Como no existe en ningún otro lugar del universo SK, la traducción es mía, y he intentado mantener el estilo apresurado, bosquejado, indefinido que parece tener el original. No puedo menos que preguntarme si la escribió King, y si esa es la impronta de su máquina de escribir antigua, con los tipos medios borrados…
Sin embargo, la única parte real, depurada, que Stephen King nos deja leer, que parece ser el final, aparece como nota al Epílogo de “La mitad siniestra”. Aquí va:

“Ese día, Henry no besó a Mary Lou, pero tampoco se alejó de ella sin proferir una palabra, como podía haberlo hecho. La vio, soportó su enojo y esperó que se calmara en ese silencio bloqueado que conocía tan bien. Había reconocido que la mayor parte de estas aflicciones le pertenecían a ella, y no se podían compartir, ni siquiera discutir. Mary Lou siempre había bailado mejor cuando bailaba sola.
Al fin caminaron a través del campo y miraron una vez más la casa de juegos donde había muerto Evelyn tres años antes. No era un adiós, pero era lo mejor que podían hacer. Henry sentía que era lo más apropiado.
Colocó las pequeñas bailarinas de papel de Evelyn en la hierba alta junto al pórtico en ruinas, sabiendo que el viento se las llevaría muy pronto. Después, él y Mary Lou abandonaron el viejo lugar por última vez. No era agradable, pero estaba bien. Bastante bien. Henry no era un hombre que creyera en los finales felices. De ahí provenía principalmente la poca serenidad que conocía.”

Bonito, ¿no? Tan distinto del King de siempre, pero con los mismos ritmos. Bailarinas de papel en la hierba. Irrevocable. Y las dos últimas frases… King nos ha acostumbrado a no esperar finales felices, y a sorprendernos de vez en cuando con uno. Thad se merecía más que una nominación si el resto del libro estaba a la misma altura. Pero parece que su vida de escritor fue signada por menciones, nominaciones, y hasta ahí.
Después de “Los bailarines espontáneos”, que obtuvo más aplausos de la crítica que regalías, como dijo Mike Donaldson en la entrevista para People que le hizo a Thad, éste sufrió un bloqueo de escritor bastante serio que lo llevó al borde del alcoholismo y el suicidio. Fue George quien lo sacó, pero nadie lo supo entonces. Thad escribió y publicó una novela más, “Neblina púrpura” (también traducida como “Neblina morada” en otra página por la inconstante María etcétera Canalejas). No se da ningún dato de él, más que la opinión de Dodie Eberhart, la casera de Fred Clawson, a quien le gustan las novelas de crímenes, y si son verdaderamente sucias, mucho mejor. Dodie había leído a George, y “Neblina púrpura” le pareció un libro exquisitamente estúpido… hasta que descubrió esta escena:

“Un granjero mataba a un caballo de un tiro. —recuerda Dodie—. El caballo tenía dos patas rotas y no había más remedio que sacrificarlo, pero lo importante era que el granjero, el viejo John, lo había disfrutado. De hecho, había colocado el cañón de la pistola contra la cabeza del caballo, y entonces se había empezado a masturbar, apretando el gatillo en el momento del clímax.
Parecía, pensaba, como si Beaumont, al llegar a esta escena, hubiese salido a buscar una taza de café, y George Stark hubiera entrado a escribir el pasaje, como una especie de duende literario.”

Lo que es mucho más probable de lo que Dodie creería.
Antes del gran final, Thad había comenzado a escribir su tercera novela, “El perro de oro”, y de ésta no sabemos nada, porque los acontecimientos de “La mitad siniestra” la interrumpieron. Tampoco sabemos si la terminó alguna vez. Yo creo que no. La historia de Thad Beaumont se sigue contando con frases sueltas en medio de “La tienda de los deseos malignos” (traducción horrible de lo que Stephen King bautizó simplemente “Cosas Necesarias”), para complementar la historia de Alan Pangborn:

“… cuando todo terminó, [Thad] adoptó la costumbre de embriagarse y llamarte —recuerda Alan—. Y después, su esposa tomó a los gemelos y lo abandonó…
Por medio de las llamadas telefónicas de Thad cuando estaba ebrio, Alan se había convertido en un testigo involuntario del rompimiento del matrimonio de Thad y de la constante erosión de la cordura del hombre.”

Y, finalmente, sabemos el destino de Thad a través de una breve referencia en “Un saco de huesos”:

“Habréis visto mi nombre en muchas listas de los libros más vendidos […] una vez ascendí al número cinco en la lista del Times… eso fue con mi segundo libro, El hombre de la camisa roja. Paradójicamente, uno de los libros que me impedía subir más alto era Steel Machine, de Thad Beaumont (con el seudónimo de George Stark). En aquellos días, los Beaumont tenían una casa de campo en Castle Rock, a menos de setenta kilómetros al sur de la nuestra en el lago Dark Store Lake. Ahora Thad ha muerto. Se suicidó. No sé si tuvo algo que ver con el bloqueo del escritor.”

Por lo que dice ahí, no parece haber estado en condiciones de terminar “El perro de oro”… pero sí “Máquina de acero”… Tal vez esa sea la explicación definitiva de su declive… o del nuevo ascenso de su mitad siniestra, que poco sabe del bloqueo de escritor.
Lo que ahora nos lleva a conocer a George:


lunes, 21 de enero de 2019

George Stark

ESCRITORES y LIBROS:
En “El Nombre de la Rosa”, de Umberto Eco, Adso de Melk dice que a veces los libros hablan de otros libros, que es como si hablaran entre sí. Stephen King habla mucho sobre escritores, que es como si hablara de sí mismo y consigo mismo, y de los libros de esos escritores, que se entrelazan con los suyos. De esas historias imaginadas por autores imaginados, sólo conocemos ideas, temas, fragmentos. Y aquí están.
Timothy Hutton como George Stark
¿Qué hubiera sido de Thad sin George? 
En la página de agradecimientos de “La mitad siniestra”, Stephen King dice: “Estoy en deuda con el desaparecido Richard Bachman por su ayuda e inspiración. Esta novela no se hubiera escrito sin él.” Tal vez sea la respuesta a mi pregunta. Tal vez sólo se estaba cubriendo las espaldas, en caso de que Bachman también tuviera mal carácter.
La lápida funeraria de George Stark era breve y elocuente:

GEORGE STARK
1975—1988
Un tipo no muy agradable

También era incorrecta, porque George no nació en el '75 y, por supuesto, no murió en el '88.
Cuando George comenzó a existir, no se llamaba George. Era sólo un teratoma, un tumor encapsulado que había sido una vez un embrión gemelo de Thad Beaumont, un embrión débil (al principio, él era el débil) absorbido por su hermano más fuerte, que terminó en el cerebro de éste y comenzó a crecer al llegar la pubertad de Thad. Al empezar a escribir Thad. Poco después fue extirpado. Y olvidado.
Esto es, hasta que sufrió un bloqueo de escritor y buscó en su mente (dividida desde su concepción) una salida. Thad consiguió escapar de su catastrófico bloqueo al comenzar a escribir historias muy diferentes a su estilo, con un seudónimo: George Stark. George volvió a la vida. George era fuerte ahora. Y talentoso. George, en sus propias palabras, fue quien le enseñó a Thad “a escribir el material que la gente quería leer. ¿Qué caso tiene escribir algo si nadie lo quiere leer?” Publicó cuatro novelas que fueron éxitos de venta inmediatos. Novelas de crímenes, protagonizadas por Alexis Machine, un duro de los que ya no quedan.
Stephen King nos da sólo tres de sus títulos: “A la manera de Machine”, “El blues de Oxford” y “Cabalgando a Babilonia”. En la película de George A. Romero de 1993, el cuarto título es “Mean Machine” (“Máquina Malvada”), lo que puede considerarse un error ya que, en el libro, sólo la primera y la última novela de Stark tienen como protagonista a Alexis Machine.
Pero King nos deja leer más de su material. Y es éste:

“—Cualquier estúpido con manos rápidas puede agarrar un tigre por los cojones —le dijo Machine a Jack Halstead—. ¿Sabías eso?
Jack empezó a reír. La mirada que le dirigió Machine lo hizo cambiar de expresión.
—Límpiate esa imbécil sonrisa de la cara y pon atención —dijo Machine—. Te voy a dar las instrucciones. ¿Estás poniendo atención?
—Sí, señor Machine.
—Entonces escucha esto y no lo olvides. Cualquier estúpido con manos rápidas puede agarrar un tigre por los cojones, pero se necesita un héroe para seguirlos apretando. Te diré algo más, ya que estamos en eso; sólo los héroes y los rajones salen bien librados, Jack, nadie más. Y yo no soy un rajón.”
de “A la manera de Machine”

“—Los poetas hablan del amor —dijo Machine, resbalando la navaja hacia delante y hacia atrás a lo largo del afilador en un ritmo constante, hipnótico—, y está bien. El amor existe. Los políticos hablan del deber, y también eso está bien. El deber existe. Eric Hoffer habla del posmodernismo, Hugh Hefner habla del sexo, Hunter Thompson habla de las drogas, y Jimmy Swaggart habla acerca de Dios, el Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Todas esas cosas existen y todas están bien. ¿Sabes lo que quiero decir, Jack?
—Sí, creo que sí —dijo Jack Rangely. En realidad no lo sabía, ni tenía la más remota idea, pero cuando Machine estaba en ese estado de ánimo, sólo un demente discutiría con él.
Machine volteó el filo de la navaja hacia abajo y, de repente, de un solo tajo, cortó en dos el afilador de cuero. Una larga sección cayó al piso de la sala de billar como una lengua cercenada.
—Pero yo hablo de la fatalidad —dijo—. Porque al final, todo lo que cuenta es la fatalidad.”
—
“Machine enderezó los clips para papel, lenta y cuidadosamente, con sus dedos largos y fuertes.
—Sosténle la cabeza, Jack —le dijo al hombre que estaba de pie detrás de Halstead—. Sosténla firmemente, por favor.
Halstead vio lo que se proponía Machine y empezó a gritar, mientras Jack Rangely presionaba las grandes manos contra los lados de la cabeza de Halstead, manteniéndola inmóvil. Los gritos resonaron y se reprodujeron en la bodega abandonada. El extenso espacio actuaba como un amplificador natural. Halstead se oía como un cantante de ópera entrando en calor antes de la noche de estreno.
—He vuelto —dijo Machine. Halstead cerró los ojos, apretándolos lo más posible pero no le sirvió de nada. La pequeña barra de acero se deslizó fácilmente a través del párpado izquierdo y perforó el globo del ojo con un leve sonido explosivo. Del orificio rezumaba un líquido pegajoso y gelatinoso—. He vuelto de entre los muertos y parece que no te da gusto verme, desagradecido hijo de puta.”
de “Cabalgando a Babilonia”

Como dice Timothy Hutton en el papel de Thad, en la película: “no busquen un significado social porque no lo tiene”. 
En la misma escena, Kent Broadhurst, en el papel de Mike Donaldson, acaba de leer un fragmento que toma elementos de la primera y segunda citas de “Cabalgando a Babilonia” (el corte del afilador seguido de la mutilación de Halstead, aunque con la navaja de la primera), en el cual se intercala la segunda de las dos frases nuevas de George Stark que registra (¿crea? ¿descubre?) la película:


“—Córtalo —dijo Jack Rangely, ansiosamente—. Córtalo mientras yo estoy aquí mirando. Quiero ver correr la sangre.”

La primera frase original del guión de Romero aparece previamente, puesta en boca de Fred Clawson, el vil “rastrezoide”, que describe la actitud de su informante, una dama de dudosa ética, citando a Stark:

“A las 9 en punto, ella se corrió. A las 10 en punto, se cambió de bando.”

No sabemos si es de King-Beaumont-Stark… pero realmente lo parece. Todo lo que crea Romero para esta película tiene un tono tan adecuado que podría haber sido escrito directamente por Stephen King.
Cerca del final de “La mitad siniestra”, Stark comienza a escribir “Máquina de acero”, y Stephen King nos permite asistir paso a paso a la redacción de sus primeras páginas, que comienzan con el Capítulo 1: La boda:

“Alexis Machine rara vez se inclinaba hacia la fantasía, y en una situación como ésta, el tener un pensamiento imaginativo era algo que nunca le había ocurrido. Sin embargo, se le ocurrió pensar: de todos los habitantes de la tierra, ¿cuántos? ¿cinco mil millones?, yo soy el único que en este momento está dentro de un pastel de boda movible, con un arma semiautomática Heckler & Koch en las manos.
Nunca había estado tan encerrado en un lugar. El aire se había puesto pesado casi de inmediato, pero de todos modos no habría podido respirar profundamente. El betún del pastel de Troya era real, pero bajo él no había más que una delgada capa de un producto de yeso llamado Nartex, una especie de cartón de gran categoría. Si llenaba el pecho con aire, probablemente se caerían el novio y la novia que estaban adornando el piso superior del pastel. Con toda seguridad, se rompería el glaseado y…”

King hace aquí una pausa táctica, nos cuenta que sigue escribiendo durante cuarenta minutos, nos pone en clima de nuevo con la historia principal, y luego continúa.

“En la casa, Jack Rangely y Tony Westerman estaban en la cocina, y Rollick para ahora, debería estar en la planta alta. Los tres estaban armados con semiautomáticas Steyr-Aug, la única ametralladora de calidad que se fabricaba en Norteamérica, y aun cuando algunos de los guardaespaldas disfrazados como invitados fueran muy rápidos, los tres desatarían una tormenta de fuego más que apropiada para cubrir su retirada. Sólo déjenme salir de este pastel, pensó Machine. Es todo lo que pido.”

Nueva interrupción. El momento crucial. La narración de la boda se torna lenta, tartamudeante.

“Machine… nunca… se había preguntado… cómo sería el tener asma… pero si después de esto alguien se lo preguntaba… recordaría el golpe Scoretti.”

Y entonces todo cambia. Todo sucede. Pero para saber exactamente qué sucede conviene leer el libro completo. Lo que sí se puede contar es que “Máquina de acero” fue finalmente publicado, según cuenta Mike Noonan en “Un saco de huesos”. Más aún, tuvo tanto éxito como los anteriores y se mantuvo entre los 15 libros más vendidos. Con George no se jode. Eso queda más que claro, considerando que “Máquina de acero” fue publicado después de su muerte, y antes de la de Thad. El último libro de Thad, según esto, fue un libro de George… y eso nos hace preguntarnos quién fue en realidad el sobreviviente de “La mitad siniestra”.
Una curiosidad (no tan extraña para quienes estamos familiarizados con el entrecruzamiento de situaciones y personajes que se produce en muchos de los libros de Stephen King), es que en su colección de cuentos “Pesadillas y Alucinaciones” de 1993 (que también se publicó desmembrada en tres o cuatro libros con el título de un cuento importante con la coletilla “y otros cuentos”), se incluye una historia sencilla y peculiar: “Mi bonito pony”. En las notas finales o previas a cada cuento a las que nos tiene acostumbrados King, y que considero la cereza del postre de una comida opulenta, revela que, en realidad, George Stark es el seudónimo de Richard Bachman, que es su propio seudónimo (três King, ¿no es cierto?) y también que “Mi bonito pony” fue el título original de “Máquina de acero”, novela que quedó inconclusa al fallecer Bachman y de la que él rescató esta pieza especial. Es parte del fragmento que acabamos de leer, un flash-back en el que Clive Banning (que quizá fue el nombre original de Alexis Machine en la novela de Bachman/Stark), mientras espera dentro del pastel el momento de iniciar el atentado de la boda, recuerda cómo su abuelo le habló de la naturaleza plástica del tiempo.
Y en la misma colección de relatos aparece Bachman (o Stark) nuevamente, en un cuento titulado “El quinto fragmento”, una historia de gángsters “al estilo de Machine”.

Alexis Machine es, en palabras del comisario Alan Pangborn, “la ficción de una ficción”. Machine es la ficción de Stark que es una ficción de Beaumont. Y Beaumont es una ficción de King. Pero Stark fue originariamente una ficción de Bachman, y éste una ficción de King. ¿Están mareados? Entonces el señor King ha logrado su propósito.